“Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu.” (Salmo 50,12)

A medida que uno va caminando por la vida descubre que las maldades lo rodean. Maldades que ocasionan divisiones, desencuentros, destrucciones. Maldades que parecen tener la última palabra en todo, que parecen poseerlo todo con su negrura.

Pero a medida que vamos madurando, también vamos descubriendo que esas maldades también están en mi corazón. Que son parte mía no como seres extraños sino como fruto de mi libertad errada, de mis actos malos.

Cuando caemos en la cuenta de esto, podemos dejarnos vencer por el orgullo de solamente pensar que todo es culpa de las maldades de los demás… de las maldades del mundo que nos rodea.

O podemos ser valientes y reconocer que hay oscuridad en mi… que necesito una luz que no tengo… que necesito una renovación de mi interior desde lo más profundo.

Entonces, si he tenido una experiencia del Dios vivo, descubro que el Él, y sólo Él, quien puede renovar mis oscuridades, llenarme de luz.

El creyente es el que pide un corazón nuevo, desde la humildad de quién acepta ser cambiado por Dios y… ¡está dispuesto a cambiar! ¿Te animás?

Una reflexión del texto: Salmo 50,12

https://youtu.be/XlSWP0LmWvA

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