Volver a mi casa: testimonio del retiro sacerdotal 2021

Esta semana estuve de retiro espiritual junto a otros 8 sacerdotes. Fue un encuentro muy bendecido con el Señor.

Yo venía de un tiempo de desierto espiritual muy fuerte. La pandemia, con todo lo que significó la cuarentena, terminó de oscurecer mi vida creyente. Fines de noviembre y comienzos de diciembre (del año pasado) significaron vivir el sinsentido de lo que hacía: oscuridad, dudas, vacío… Paradójicamente, fue en el momento en que tuvimos la mejor respuesta pastoral en las actividades parroquiales: la misión virtual mariana dio como resultado que más de 50 personas se consagraron a la Virgen el 8 de diciembre.

A mediados de diciembre hice un acto que nunca había hecho… que pensé que nunca tendría que hacer. Me animé a decir: “creo”. No fue por sentimientos, porque no los tenía. No fue por convicción racional en la presencia divina, porque estaba lleno de dudas. Simplemente fue el salto al vacío de decirle a Dios: ¡creo! ¡Te creo! Eso me dio la serenidad del creyente… pero no me solucionó la frialdad del sentimiento o la paz de las razones…

Los meses siguientes fueron una lucha para abandonar la acedia y, tímidamente, comenzar a rezar. Pero fue una lucha en la cual perdía más batallas de las que ganaba. Por eso ir a este retiro lo viví como un camino de ida con un cántaro vacío y seco. Con esperanza de encontrar alguito de agua… pero vacío y seco mi cántaro iba.

Casa del Retiro 2021

Transito de peregrino

El camino ya fue un peregrinar. Comenzó a lo Castro: siempre algún despelote de último momento que me traba la partida. Esta vez no fueron las maletas: el domingo a la noche hice la listita de todo lo que iba a llevar

El lunes, a primera hora, la maleta armada con la ropa y todos los bártulos que los curas viejitos llevamos para pasarlo cómodo: mesita desplegable; sillón reposera; agua dulce para que la local no me hiciera desastres en el estómago; pava eléctrica para preparar mate e infusiones en mi pieza… Mi cámara y las lentes (infaltable).

El viernes había cargado combustible y cambiado el aceite. Así que mi furgoneta estaba como para rutear en paz. Eso suponía…

Mientras terminaba de cargar las cosas se me da por revisar los papeles… ¡Ups! El seguro vencía el miércoles. Pero tenía tiempo. Llamé a la Aseguradora para que me manden el contrato nuevo (lo menos importante) y, sobre todo… ¡el talón para circular por la ruta!

Me atendió una chica y me dijo que me lo mandaba por email en 5 minutos. Pasados los cinco minutos volví a llamar para ver si lo habían hecho. Me atendió un muchacho y me dijo que había salido… pero que tardaba 10 ó 15 minutos en llegar el email (parece que transita en carreta…). Por las dudas, me lo mandó a otro email que le di.

Al final, pasados 20 minutos, me largué a la ruta sin papeles. Tengo la aplicación en el celular y ahí figuraba el talón viejo. El muchacho me dijo que se renovaría esa información automáticamente el miércoles. Así que confié y rodé. Resultó ser cierto, porque a la vuelta me pidieron en la ruta el seguro y… ¡se había actualizado!

La ruta, sobre todo los últimos 80 kilómetros, los viví con mucha intensidad y nostalgia. Me recordó mi primer destino, Feliciano… hace 27 años. Esa ruta la hacía (por lo menos) una vez al mes. Eran 270 kilómetros recorridos en una vieja camioneta… que se hacían interminables… así que lo tenía dividido en porciones de unos 10 km con distintos mojones (ya sean los pobladitos de la vera del camino, como el paraisál o el acceso de eucaliptos a un campo…).

Volver a transitarlos me hizo revivir mi luna de miel sacerdotal: mi primer destino pastoral como sacerdote. Los “mojones” estaban teñidos de recuerdos y arreaban otros más.

Bienvenido a «tu» casa

Cuando llegué (el último) me encontré con los sacerdotes que ya estaban instalándose en sus habitaciones. Y me recibe el encargado de la casa, Juan. Con su tonadita correntina me dice: “bienvenido a tu casa”. Y eso me quedó resonando en el corazón.

Es que esa casa de retiro es muy importante para mi vida espiritual. Ahí viví momentos muy intensos que, siempre, me hicieron crecer como sacerdote: desde una celebración más ungida hasta el valor espiritual de una bendición con mis manos consagradas. Ahí “descubrí” al Espíritu Santo como vivo y actuante en mi vida y en la Iglesia. Ahí aprendí la docilidad a sus mociones…

Y si. Estaba entrando en “MI” casa. Aunque ahora no pertenezco a la Comunidad Convivencia con Dios, soy de corazón un Convivente. Estaba volviendo a unas de las fuentes de las que había abrevado el Agua de la Vida.

Y el estar rezando en esa casa hizo resonar en mí muchas vivencias. Desde palabras que me transformaron hasta “ese” lugar concreto donde estaba esa vez que tuve esa moción que me crecer en docilidad (y que me alegró y amargó la existencia… pero ese es otro relato que algún día contaré).

Recomenzar desde “mi” casa ya era todo un signo desde lo alto. Así percibí ese saludo… así viví esos días.

Un caminar duro

Una de las excusas de mi vida es que siempre pongo excusas. Por eso el Señor, a través del predicador virtual (videos de Fray Nelson) me centró en el primer día. Y me sentenció en el segundo… de la mano del profeta Baruc. Esto me dijo en la cara:

Al Señor, nuestro Dios, pertenece la justicia; a nosotros, en cambio, y a nuestros padres la vergüenza reflejada en el rostro, como sucede en el día de hoy. Todo lo que el Señor había anunciado contra nosotros, todas esas desgracias nos han sobrevenido. Nosotros no hemos aplacado con nuestras súplicas el rostro del Señor, apartándonos cada uno de los pensamientos de su corazón perverso. Por eso el Señor estuvo atento a estas calamidades y las descargó sobre nosotros, porque él es justo en todo lo que nos manda hacer. Pero nosotros no hemos escuchado la voz del Señor, que nos mandaba seguir los preceptos que él puso delante de nosotros. (Baruc 2,6-10)

Es duro reconocer la propia responsabilidad en la culpa… Es duro reconocer que estoy como estoy por mis acciones libres… Es duro reconocer que la aridez de mi alma es porque no la regué con la fuerza de la Gracia, con el poder de la súplica…

Pero reconocerme como actor principal me ayudó a ubicarme. Y el Señor, con sutileza y firmeza, comenzó a hacer su obra.

El jueves ya veía el sol. Me costaba menos rezar mis oraciones del día. Me plantó de frente ese problema inconcluso… con una sutil moción para comenzar a resolverlo. Claro… yo negocié pidiendo más luz… y el viernes me volvió a inspirar el “como” hacerlo (todavía no he aprendido que no debo “negociar”: siempre me gana de mano…).

El viernes, en la Misa final, me descubrí con una sonrisa en los labios y una serena alegría en el corazón. Ya la mirada es otra. Obra de su Presencia, sin duda.

Los sacerdotes y el matrimonio servidor

Y aquí estamos… caminando

En la cabeza me revolotean miles de proyectos… pero los tomo con la paciencia que me dan las canas.

La oración se volvió de forzada a espontánea. Con la espontaneidad de una certeza. Ya no necesito repetirme: “creo, te creo”.

Y a la “moción” sobre el tema “inconcluso”… paciencia. Ya sé cómo poner mi granito de arena. Aunque no depende de mí… tengo la certeza de que Él hará su obra. ¿Cuándo? No sé. Sólo sé que la hará. Tal vez yo no vea el resultado. Pero lo hará.

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