Hay que pasar el invierno

Una frase que un político dijo… ¡mucho antes de que yo naciera!!! Y yo pinto canas. Fue haciendo referencia al eterno problema argentino: la economía.

Hoy me vino a la mente… porque estamos comenzando el invierno. Un invierno muy especial.

El invierno del frío estacional

Que se sucede siempre desde el 21 de junio al 20 de septiembre. El eterno retorno climático de las heladas y la tierra permanece retraída esperando la resurrección de los calores.

El invierno climático que es lindo para las fotos… pero duro para pasarlo a la intemperie cuando las necesidades básicas están insatisfechas.

El invierno que es, sobre todo, esperanza cierta de que la vida triunfa… el verde gana la batalla.

El invierno de la pandemia

El segundo que padecemos. Con las enfermedades respiratorias normales de esta época… pero potenciadas por la presencia de un virus que nos complica todo… también los simples resfríos.

Una pandemia que nos ha aislado. Con todas las consecuencias relacionales y psicológicas que eso produce. Que ya se notan… y que son más graves en sus consecuencias que el mismo Coronavirus en sí.

Una pandemia que nos puse de frente un tema al cual nunca queremos hacer referencia: la muerte en sí… la muerte de mis seres queridos… mi propia muerte.

Tal vez es bienvenida esta cercanía de la muerte en nuestro horizonte cotidiano. Porque nos ayuda a revalorizar la vida. Sobre todo, a darle sentido a nuestras opciones cotidianas… a los valores que nos inspiran.

El invierno de la Iglesia

Si. Un tema que se estaba percibiendo con mucha fuerza. Pero la repetición de actividades de manera gris y pragmática lo disimulaba un tanto.

Un invierno eclesial que tiene una fuente: la fe en Jesús ya no es el valor determinante de la vida de los bautizados. Por eso los templos abiertos no alcanzan a cubrir el aforo del 30% permitido por la ley civil.

Un invierno que supone poda divina (Jn 15,1-6) en pastores y laicos. Poda dolorosa de ramas secas. Poda dolorosas de ramas superfluas en busca de que se dé más frutos al no perderse en vanidades.

Un invierno eclesial, con todo, que supone que hay vida subterránea y esperanza del verde de la primavera. Pero… en esto también: ¡hay que pasar el invierno!!!