La Iglesia se “engendra a sí misma cada día” gracias a la acción pastoral. Esta expresión de San Beda el Venerable adquiere una especial significación cuando la Comunidad Apostólica comienza a dar sus primeros pasos. En un progresivo crecimiento, guiados sin dudas por el Espíritu regalado por el Resucitado, van descubriendo su identidad: desde considerarse una secta judía a la condición sui generis que le ha dado su fundador. Los Hechos de los Apóstoles, redactado por Lucas, es un testigo de dicha evolución. Veamos a grandes rasgos el camino trazado en este lento comprender el alcance de la salvación de Jesús y la misión “redentora” de la Iglesia. En esto sigo las enseñanzas de Bevans y Schoeder en su libro “Teología para la misión hoy”.

 

pregunta

 

En la Última Cena Jesús les advirtió a sus discípulos que luego de su partida contarían con una ayuda muy especial: "el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho." (Jn 14,26)

Siempre me impactó la doble función de la Ruaj Santa. Comprendo que recuerde las enseñanzas de Jesús ya que en Verbo hecho Carne (Jn 1,14) la revelación del Dios vivo tiene su momento culminante. Por eso me maravilla la otra afirmación que se hace: “les enseñará todo”. Y me cuestiona: ¿Acaso el Espíritu Santo producirá nuevas revelaciones? Esto no puede ser así, ya que la Palabra definitiva del Padre a la humanidad la pronunció en la persona de Jesús. ¿Entonces?

Es la Palabra de Jesús la que nos ilumina a los creyentes. Una Palabra que nos es recordada. Pero una Palabra que es capaz de iluminarse y manifestarse en la realidad cotidiana del creyente. ¿No les ha pasado que, luego de vivir determinadas situaciones, comprendieron lo que habían meditado de la Biblia? Esa es la memoria.

Pero también nuestro Dios es el Señor de la historia y la conduce. Quiere el bien y permite el mal de los hombres. Y, a ambos, los utiliza para revelarnos su voluntad. Es lo que en algún momento meditamos sobre los “signos de los tiempos”. Es la tarea de enseñanza que hace con nosotros (individuos y pueblo) nuestro “maestro interior”, el Paráclito.

Lo que sigue a continuación es la manera como la primera comunidad cristiana va descubriendo la misión que Jesús les encomendó. El Espíritu les recuerda lo que el Maestro les dijo en distintas jornadas de discipulado. Pero, a la vez, a través de lo que ocurre les va enseñando dónde está la verdadera voluntad de Dios. Por eso a la vida de la Iglesia se la puede definir como “un acontecimiento espiritual".

Ahora sí, tomemos por parte el libro de los Hechos de los Apóstoles para ver cuáles eran las ideas propias de los apóstoles y cuál era la “enseñanza” del Espíritu. Para facilitarles la lectura, todas las citas son de este libro, salvo las que expresamente diga que no lo son. Les recomiendo leer el artículo biblia en mano para poder entender exactamente de lo que estamos hablando.

 

 

Protohistoria (Hch 1)

 

El centro de la predicación de Jesús había sido la proclamación de la inminencia del Reino de Dios. Lucas nos relata cómo los apóstoles esperaban que se instaurara el reinado temporal de Israel, como el resto de sus con-ciudadanos. Es decir, el pueblo de Israel recibiría la visita del Mesías que lo liberaría de la opresión romana y lo transformaría en el imperio que dominase a toda la humanidad hasta el fin de los tiempos. De una u otra manera… eso es lo que esperaba el vulgo.

Y los apóstoles también estaban en esa tónica. De hecho, se lo preguntaron en una de sus apariciones a la comunidad (1,6). En este contexto, luego de la Ascensión, regresan a Jerusalén a esperar su venida y la llegada inminente del fin de los tiempos. Es ahí que se dan cuenta que el número de quienes se sentarán en tronos a juzgar a las tribus de Israel (Lc 22,30) está incompleto. Por eso se procede a la elección de Matías (1,15-26). Para dimensionar lo que significó en ese momento dicha elección simplemente constatemos que esto madura con la experiencia posterior. El signo de ello es que cuando muere mártir Santiago (el hermano de Juan e hijo de Zebedeo, 12,1-2) ya no se considera necesario completar el número. Pero como el regreso de Jesús y la “instauración del Reino de Dios” (temporal) era inminente… no podían ser solamente 11 los jueces.

 

Pentecostés (Hch 2-5)

 

En Pentecostés se experimenta el cumplimiento escatológico, el del “fin de los tiempos”… la llegada del Reino de Dios. Pero de una manera muy distinta a la imaginada: no regresó Jesús sino que envió al Espíritu Santo.

La unción espiritual dota a la comunidad con el don de profecía y convierte a Pedro en su portavoz. Allí se ha congregado una multitud que pertenecía por su origen a muchas naciones de la tierra. Pero todos tenía una misma característica: eran judíos y prosélitos (2,11). Es decir, todos pertenecía a Israel o por nacimiento o por haber adoptado (los varones) la circuncisión y las costumbres judías y regulaciones alimenticias.

Los discípulos están convencidos de encontrarse en los últimos días y que el final y la realización de Israel están muy cercanos. El éxito que tienen les confirma esta percepción: crecen a diario (2,17); gozan de una intensa vida comunitaria (2,42-47) y del aprecio de muchos en Jerusalén (5,12-16). Las mismas persecuciones que sufren por parte de los sacerdotes, saduceos, escribas y el Sanedrín (4,1-7; 5,17-42) los confirman en la llegada de los tiempos escatológicos.

A su vez, algo muy importante que se desgaja de lo anterior: el Reino de Dios (o la salvación, o la Gracia, o el don del Espíritu… como le quieran decir) está destinado “naturalmente” a quienes pertenecen al pueblo elegido de antemano. Por eso la importancia de que en Pentecostés solamente había “judíos y prosélitos”. Ese es el “nosotros” al cual van destinadas las maravillas de Dios. El resto, los paganos, no son elegidos ni dignos.

 

pentecostés

 

 

Esteban (Hch 6-7)

 

La armonía de la comunidad cristiana, más allá de algún problema de personas como el de Ananías y Zafira (5,1-11), tiene un episodio aparentemente de problemas de distribución social de los bienes. El sector designado como “helenistas” se queja que sus viudas son desatendidas en la distribución diaria de alimentos.

Los Doce zanjaron la cuestión designando a Siete servidores de las mesas (6,1-6).

Pero la cuestión va más allá de este aparente episodio de alimentación. De hecho, quienes son designados están “llenos del Espíritu Santo y de sabiduría” (6,3) y a dos de ellos se los presenta como predicadores llenos de energía: Esteban y Felipe.

El primer dato que debemos tener en cuenta es que dichos helenistas eran probablemente de habla griega, judíos helenizados que vivían en Jerusalén y se habían convertido prontamente al “Camino”. Al estar más abiertos a los modos de vivir y pensar de los griegos pueden captar también en profundidad lo que es semejante y lo que es distinto del judaísmo tradicional. Por esto se dan cuenta de que la fe en Jesucristo va a implicar mucho más que la pertenencia al pueblo judío. El discurso de Esteban intuye “ese más” aunque todavía no lo explicita. Ojo, los helenistas que siguen siendo judíos y rechazan a Jesús también advierten estos cambios. Uno de esos era Saulo de Tarso, que “respiraba maldad” contra la joven comunidad de creyentes.

El martirio de Esteban desata una persecución a la Iglesia, relatada brevemente por Lucas: “ese mismo día se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos, excepto los Apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría” (8,1).

Esto nos abre un interrogante: ¿Cómo puede ser que se persiga a un movimiento y no se toque a sus líderes que permanecen impolutos en el mismo lugar? Es evidente que los cristianos de origen judío continúan sin problemas en Jerusalén mientras que los cristianos de origen heleno se dispersan.

Esto cierra en el relato lucano la etapa “Jerusalén” y abre la etapa “universal” de la Iglesia Recordemos cual es la estructura del Evangelio de de los Hechos en Lucas y la centralidad de Jerusalén como punto de llegada y punto de partida en uno y otro texto.

 

Samaría y el Etíope (Hch 8)

 

La dispersión es el instrumento de que se vale el Espíritu para que la misión vaya adquiriendo su verdadero sentido, en cuanto a los destinatarios de la misma. De hecho, los que se habían dispersado “iban por todas partes anunciando la Palabra” (8,4)

Lo primero que debemos notar es que “Felipe descendió a una ciudad de Samaría y allí predicaba a Cristo” (8,5). Este dato es muy interesante pues los samaritanos son considerados como una especie de “semijudíos”, es decir, sin pertenencia al pueblo elegido. Esto es tan así que Jesús, para hablar sobre quién es el prójimo de un buen judío les enseña con la parábola del buen samaritano.

Y no sólo oyen los samaritanos con agrado la Palabra… sino que se abren a recibir la presencia del Espíritu. El hecho de que Pedro y Juan partieran allí para imponerles las manos es un signo de apertura de la comunidad hacia quienes no estaban considerados como parte del pueblo en plenitud, sino más bien algo así como “herejes y cismáticos”.

El relato de la conversión y bautismo del eunuco etíope abre aún más el círculo de pertenencia a la comunidad. En el relato queda de manifiesto que no hay impedimento ni por su raza, ni por su estado físico, ni por ser extranjero ni por ser gentil (8,36). La pregunta del funcionario (eunuco y extranjero) es una pregunta hecha a la comunidad de creyentes que estaba descubriendo los alcances de su fe: “¿Qué me impide ser bautizado? (8,36). Es decir… ¿qué me impide entrar al Reino de Dios… recibir los frutos de la salvación traída por el Señor Jesús?

 

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Cornelio (Hch 10,1-11,18)

 

El relato se interrumpe con la conversión de Saulo, como prólogo de lo que ocurrirá desde ese momento: la apertura total a los gentiles. Pero sigue la línea de reflexión en el capítulo 10 en el cual la Cabeza de la Comunidad, Pedro, es enseñado por el Espíritu.

La narración de la conversión de Cornelio y su familia supone el paso definitivo de concebir al Camino con una dimensión universal, más allá de ser una religión simplemente étnica.

A este personaje se lo describe como un “hombre piadoso y temeroso de Dios” (10,2) pero como “centurión de la cohorte itálica” (10,1). Es decir, un pagano que busca a Dios… pero pagano al fin.

El relato que habla de su conversión también se lo ha llamado como la “conversión de Pedro” porque este tiene que ir descubriendo la voluntad de Dios. Comienza con una visión de una manta y una invitación a comer “animales impuros”. Frente a las palabras de Pedro la respuesta de Dios es “no consideres manchado a lo que Dios purificó” (10,15). Así aprende que, a pesar de estar prohibido a un judío tratar con un extranjero o visitarlo (10,28), su presencia y su palabra hacen que descienda el Espíritu Santo. Entonces, la conclusión es lógica: “¿Acaso se puede negar el agua del bautismo a los que recibieron el Espíritu Santo como nosotros?” (10,47). El “nosotros” es el estrictamente judío frente al “ellos” que son los gentiles (paganos).

El asunto de la conversión del etíope fue un asunto privado y aislado. Por eso no había producido ningún cuestionamiento. Pero aquí ya la cuestión es pública y grupal. Esto produce cierto resquemor en los cristianos judíos. Cuando Pedro informa a la comunidad de Jerusalén sobre el hecho, estos “se tranquilizaron y alabaron a Dios, diciendo: ‘también a los paganos Dios les ha concedido el don de la con versión que conduce a la Vida’” (11,18). En otras palabras, se hacen cargo de que la salvación es para todos. O mejor, lo descubren siendo dóciles a la enseñanza del Espíritu Santo.

 

Antioquía (Hch 11,19-26)

 

Este pequeño trozo cuenta de la apertura de la conciencia de la Iglesia. En el capítulo 8 se nos había contado que los heleno-cristianos habían llegado a Samaría. Ahora se nos informa que no se quedaron solamente allí: “llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía” (11,19).

De lo relatado en este trozo hay tres aspectos podemos destacar.

1.- El primero, el contenido de la predicación: “anunciaron a los paganos la Buena Noticia del Señor Jesús" (19,20). Hasta el momento a Jesús se lo consideraba desde el título típicamente judío de “Mesías” (Christos) porque es una palabra que cualquier judío podía comprender. El Mesías esperado que cumpliera las promesas que el Señor había hecho a su pueblo.

Pero al utilizar el “Señor” (Kyrios) estos evangelizadores, no sólo usan el termino pagano con el que se designa a las divinidades. También hay un signo de lo que hoy llamaríamos inculturación: expresar con el lenguaje propio de la cultura el contenido revelado.

Además, y sobre todo, esto es una comprensión de que el papel salvífico de Jesús sobrepasa al judaísmo y era válido para todo el mundo.

2.- Lo segundo a recalcar es que la Comunidad de Jerusalén, así como enviara a Pedro y Juan a investigar el tema de los “semijudíos” samaritanos (8,14), ahora envía a Bernabé. Lo distinto es que este no tiene que completar la acción de los Evangelizadores como tuvieron que hacer en el caso anterior Pedro y Juan (8,15-17). Es decir… hay una acción evangelizadora que ya está más madura.

3.- Y lo tercero es que “fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de Cristianos” (19,26). Si bien el nombre no tuvo mucho éxito en el Nuevo Testamento (citado solamente aquí y en 1 Pe 4,16), denota una ruptura ya definitiva con algo exclusivamente judío.

 

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La misión a los gentiles (Hch 12-28)

 

A partir de este momento comienza a declinar Jerusalén como centro de la vida de la Iglesia. El centro será ahora la Misión de Pablo como apóstol de los gentiles. En el capítulo 15 se nos presenta el Concilio de Jerusalén (al cual le dedicaremos otro artículo). Allí se acepta definitivamente a los cristianos de Antioquía con pertenencia eclesial plena y se dicta la primera norma para la convivencia de la Comunidad más allá de las cuestiones culturales particulares (15, 23-29).