Jaime Alamar, un ferroviario jubilado, tiene dos apostolados muy concretos. Por una parte, desde hace 40 años colabora en la residencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Valencia. Allí ayuda desde hace 40 años a las religiosas a lavar los pies de los ancianos alojados y a afeitarlos.

Religión en Libertad nos informa así de su otra tarea evangelizadora:

"...ha completado después de más de 20 años la transcripción completa de la Biblia a mano, para lo que ha empleado más de 30.000 folios y continúa ahora haciendo copias aparte de los libros de las Sagradas Escrituras que distribuye gratuitamente a quien se lo pide."

Un verdadero amanuense medieval en pleno inicio del tercer milenio cibernético. El no buscó una tarea para entretenerse sino para compartir la fe:

"Tenemos que ser testigos vivos de Dios, darlo a conocer y hacer el bien, yo no tengo más meta... lo único que quiero es dar a conocer a Dios y no hay mejor forma de hacerlo que sin recibir nada a cambio, sólo el bien que hace su Palabra."

Esto también nos sirve para valorar la tarea que los monjes medievales realizaban. Hay ignorantes (algunos con títulos universitarios a cuestas) que dicen que la Iglesia encerró en sus monasterios el saber de la antigüedad, con el solo propósito de no compartirlo. Con más fundamento nosotros podemos decir que gracia a esos copistas el saber de los antiguos perduró hasta nosotros.

El que Don Jaime haya tardado 20 años, 20 pacientes años, en trascribir a mano toda la Biblia nos habla también de la ardua tarea que tenían los monjes de ese tiempo. Hoy, que tenemos multitud de papeles impresos en nuestras casas, nos parece que no se tarda tanto en poner un libro por escrito. La imprenta, ciertamente, puso los libros al alcance de todos al no necesitarse largos años para "fabricarlos".

La foto que ilustra el artículo es de un códice medieval. Si a alguien le interesa saber como hacerlo hoy, como entonces, puede leer este artículo de Fray Hectorius de Saraqusta.

¿Preferiríamos que haya un robot que nos facilite la tarea? Pues bien, no desesperen: aquí lo tienen.

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Más allá de estos dos últimos datos de color, Don Jaime nos abre su corazón: “Me preocupa que la gente no se entere de que sin Dios estamos perdidos”. El hace lo suyo para que esto no ocurra. Y nos invita a nosotros a sumarnos: en y cuando podamos. El Espíritu seguro que está mocionando en nuestro interior.