La espiritualidad de la Acción Católica

Uno puede contemplar la realidad y quedarse extasiado frente a ella. Pero el ser humano no se contenta solamente con esto. Deseamos traer a nuestro interior lo que vemos y contemplamos. Esta es la función de la inteligencia. Para eso se desata un proceso interior que concluye con conceptos y la relación de estos conceptos en los juicios. Esto, tan sencillo en apariencia, tiene un gran problema: la realidad es mucho más grande y más rica que los conceptos con las cuales la describimos. Esta aparente limitación es la gran riqueza que tenemos los seres humanos: la posibilidad de la palabra para conocer y comunicarnos, la limitación de la palabra frente a la percepción que tenemos de los acontecimientos, la necesidad de los demás para complementar nuestros saberes y sumergirnos con gozo en la realidad.

Ahora bien, el ser humano no actúa trayendo hacia su interior con la inteligencia la realidad, convirtiéndola en conceptos y juicios. Tiene también la capacidad de salir de si mismo y acercarse a la realidad, transformarla con su acción. A esa capacidad se la llama voluntad: es lo que nos hace obrar de acuerdo a lo que hemos conocido con la inteligencia.

Cuando nos enfrentamos con el término “espiritualidad” surge este problema: ¿a qué nos referimos exactamente al pronunciarlo?

Una primera aproximación, bastante frecuente en el mundo de hoy, nos dice que es ese “algo” que está por debajo (o por arriba) de la realidad material. Es como una “energía” anónima con la cual debemos sintonizar y que nos impulsa a seguir adelante, a obrar en positivo. No es momento para profundizar en el concepto, ya que nos desviaríamos del tema. Pero para tener una idea pensemos en la serie de películas de la “Guerra de las galaxias”: la espiritualidad sería el “poder” que guía y da fuerzas a los Jedi. En un diccionario esotérico online podemos ver que es “la cualidad de toda actividad que impulsa al ser humano hacia adelante, hacia algún tipo de desarrollo (físico, emocional, intuicional, social) por delante de su estado actual”. El término “cualidad” designa a algo que es propio del ser humano.

En todo esto vemos un ansia de grandeza, de algo más inmenso que la pequeñez humana. Se lo confunde con fuerzas nuestras o de la naturaleza. En realidad se cumple en estas percepciones aquello que dijera San Agustín hace 1.600 años: “nos creaste para Ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en Ti”. El concepto profano de espiritualidad hace referencia a esa “inquietud de corazón”, a esa búsqueda incesante de lo infinito, lo absoluto, lo trascendente, lo grandioso, lo bello, lo todopoderoso… Dios. Las religiones orientales, sobre todo el Budismo, son expresiones de esta búsqueda del hombre y su relación (religión) con la trascendencia.

Los cristianos compartimos esta búsqueda puramente humana. Pero tenemos un “plus invalorable”: Dios ha salido a nuestro encuentro, se nos ha revelado, nos ha manifestado su misterio escondido desde siglos (Col 1,26). Como nos lo cuenta el autor de la Carta a los Hebreos: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo. El es el resplandor de su gloria y la impronta de su ser. El sostiene el universo con su Palabra poderosa, y después de realizar la purificación de los pecados, se sentó a la derecha del trono de Dios en lo más alto del cielo” (1,1-3).

Pero en Cristo, no solamente Dios se deja conocer. El viene a nuestro encuentro, a habitar en nosotros: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará; y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Es lo que lleva a San Pablo a desear “que el Dios de la paz los santifique plenamente, para que ustedes se conserven irreprochables en todo su ser –espíritu, alma y cuerpo– hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo” (1Tes 5,23). A ese espíritu que forma parte de nosotros (que somos cuerpo y alma) lo describe de manera muy admirable en el capítulo 8 de la carta a los Romanos. Les cito solamente un trocito y los invito a que lean el resto de sus Biblias: “Los que viven según la carne desean lo que es carnal; en cambio, los que viven según el espíritu, desean lo que es espiritual. Ahora bien, los deseos de la carne conducen a la muerte, pero los deseos del espíritu conducen a la vida y a la paz, porque los deseos de la carne se oponen a Dios, ya que no se someten a su Ley, ni pueden hacerlo. Por eso, los que viven de acuerdo con la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede ser de Cristo. Pero si Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté sometido a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes” (5-11)

De acuerdo a todo lo someramente dicho, cuando hablamos de “espiritualidad” nos estamos refiriendo a la Vida del Espíritu Santo en nosotros. El Espíritu suscita en cada uno determinadas mociones que lo llevar a la perfección de su vida personal y comunitaria: como individuo y como iglesia. El Documento de Puebla, al hablar de la libertad lo ha resumido de manera magistral: “la libertad implica siempre aquella capacidad que en principio tenemos todos para disponer de nosotros mismos a fin de ir construyendo una comunión y una participación que han de plasmarse en realidades definitivas, sobre tres planos inseparables: la relación del hombre con el mundo, como señor; con las personas como hermano y con Dios como hijo” (322). De esto se desprende que la “espiritualidad”, por un lado, nos ayuda a ubicarnos en nuestras relaciones (con Dios, los hombres y las cosas) y, por otra parte, nos hace ser “piedras vivas” del templo espiritual que es la Iglesia (Cfr. 1 Pe 2,5)

Y si, como es intención de este texto, a esto lo afirmamos de un grupo determinado de personas, entonces la espiritualidad de la Acción Católica serán las actitudes que presiden y orientan a este grupo de cristianos en particular. Detengámonos en algunos aspectos.

1.- Una espiritualidad laical

El horizonte dentro del cual se ubica la espiritualidad de la Acción Católica es el de la espiritualidad laical. Hoy este término no nos suena tan raro como cuarenta años atrás. Pero que no suene raro no significa que se haya asumido en la vida espiritual.

La Acción Católica es una institución de laicos que se comportan, en todo, como laicos. La Lumen Gentium para definir a los laicos los compara con los sacerdotes y los religiosos. Nos es útil recordar lo que dice:

“Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos participes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo, ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo.

El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Los que recibieron el orden sagrado, aunque algunas veces pueden tratar asuntos seculares, incluso ejerciendo una profesión secular, están ordenados principal y directamente al sagrado ministerio, por razón de su vocación particular, en tanto que los religiosos, por su estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas.

A los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia esta como entretejida.

Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad.

A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor” (LG 30-31).

Se caracteriza a los laicos con el adjetivo “secular”. Es un término tomado del latín que significa “los que viven en el siglo”. Hace referencia así a su inserción en la historia, en las cuestiones directamente relacionadas con la construcción del mundo. Ahora bien, como nos recordaba Juan Pablo II, “la índole secular del fiel laico no debe ser definida solamente en sentido sociológico, sino sobre todo en sentido teológico. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales” (CFL, 15).

Desde esto debemos recordar que la espiritualidad laical no es un modo de rezar como laicos (también lo es) sino, sobre todo, un modo de actuar en lo cotidiano como laicos.

2.- Un modo singular de ser Iglesia

Somos un modo singular de ser Iglesia, a la que “amamos profundamente y trabajamos en ella con fidelidad plena y confianza permanente”. Porque “nuestro compromiso apostólico” es servir al “Señor Jesús”, “participar de un modo más eficaz en la construcción del Reino” y “orientarnos al mayor provecho de nuestros hermanos” que viven en el mundo. Ya hemos reflexionado sobre esto.

Ahora quisiera detenerme solamente a dos aspectos que tienen directamente que ver con el tema que estamos tratando.

a. Pertenencia cordial

El que use el término cordial no debe traer a nuestra mente la asociación con sentimentalismo. Cordial hace referencia al corazón, en el sentido bíblico de lugar íntimo dónde nos encontramos con Dios y tomamos las decisiones más trascendentales. Allí valoramos lo que es importante y lo que es mero accesorio en nuestra vida. Desde allí discernimos la realidad y hacemos las opciones fundamentales.

La espiritualidad laical hace que valoremos nuestra pertenencia a la Iglesia. No es una carga que llevo. No es una imposición cultural de mis padres. Es un fruto del Espíritu: nace de mi libertad y me hace crecer en la libertad.

Así, cuando hablo de la Iglesia, estoy hablando de una realidad a la cual pertenezco. Pero que también me pertenece, que es parte importante de mi existencia. Entro en la dimensión mistérica de un “nosotros” que es infinitamente más grande que mi grupito parroquial. Jesús nos invita a unirnos como sarmientos a la vid que es Él (Jn 15). San Pablo, para explicarlo, usó otra comparación: somos miembros del cuerpo de Cristo (1 Cor 12).

En el mundo de hoy somos invitados a “estar sin pertenecer”, a disfrutar de las cosas sin “darle la vida”, festejar como propios los triunfos y a criticar como ajenos los fracasos o infidelidades. La pertenencia cordial a la Iglesia es fruto de la apertura a la acción del Espíritu Santo que nos transforma: “ustedes, en cambio, son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz: ustedes, que antes no eran un pueblo, ahora son el Pueblo de Dios; ustedes que antes no habían obtenido misericordia, ahora la han alcanzado” (1 Pe 2,9-10).

b. Su misión es mi misión

Desde la pertenencia cordial no solamente nos identificamos con la Iglesia para recibir las gracias que sobre ella se derraman. También compartimos su tarea, la de evangelizar a la humanidad.

Pablo VI nos recordaba lo que esto implica. “Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5; cf. 2 Cor 5,17; Gál 6,15). Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos con la novedad del bautismo (Cf. Rom 6,4) y de la vida según el Evangelio (Cf. Ef 4,23-24; Col 3,9-10). La finalidad de la evangelización es por consiguiente este cambio interior y, si hubiera que resumirlo en una palabra, lo mejor sería decir que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama (Cf. Rom 1,16; 1 Cor 1,18; 2,4), trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos” (EN 18).

La espiritualidad del militante de la Acción Católica lo lleva a sentir como propio ese mandato de Jesús de transformar según el Evangelio la conciencia y la actividad de todos.

3.- Sal y levadura en lo cotidiano:

La acción eclesial a la cual el Espíritu nos mueve es, en primer lugar, de transformar las realidades cotidianas en las cuales nos movemos. Las parábolas de la sal (Mt 5,13) y la levadura (Mt 13,20) son muy significativas para iluminar esta acción. El mundo es el destinatario de nuestra acción.

a. Vivir en el mundo

En su despedida Jesús dijo: “Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad. Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo” (Jn 17,14-18).

El laico no puede vivir en una burbuja de cristal, aislado de la realidad y consolado en su mediocridad por sus iguales. Mucho menos puede hacer esto el militante que quiera ser fiel a la espiritualidad de la Acción Católica. El lugar donde crece nuestra fe no es en la reunión de los sábados sino en las circunstancias históricas y concretas en las cuales se desenvuelve nuestro día a día. La reunión de los sábados nos ayuda a vivir como cristiano en estas realidades.

b. Transformar el mundo

Vivir en el mundo trae una gran responsabilidad para el militante. En primer lugar, el cuidado de que el “espíritu del mundo” no se meta en nuestra vida cotidiana. Es una tentación muy grande. De hecho, Jesús rezó al Padre para que esto no pasara: “no te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno” (Jn 17,15)

Pero hay que dar un pasito más. No basta con no contaminarse con el “espíritu del mundo” sino que hay que sentir como propia la misión de la Iglesia de transformar todas las estructuras para que se respire el espíritu evangélico. El “espíritu argentino” nos conduce a la queja, a la critica y a la búsqueda de responsables para lo que nos pasó y nos pasa. La acción Católica no debe quedar en esto. Que vea la realidad con ojos críticos es solamente para confrontarla con la Revelación y transformarla de acuerdo al Plan de Dios. Todo lo que supimos decir y cantar sobre “pasión y servicio” no es más que una frase inspirada en nuestra misión de transformar el mundo.

c. Consagrar el mundo

Nuestras acciones para transformar el mundo no deben terminar en meras actitudes filantrópicas o de un acto reflejo frente a la compasión que sentimos frente  las situaciones límites de muchos hermanos. La espiritualidad de la Acción Católica es sobre todo eso: una acción desde el Espíritu al cual escuchamos en los signos de los tiempos y en la oración. Nunca debemos perder de vista que somos un pueblo sacerdotal. Como tal, con nuestra presencia hacemos sagradas las actividades profanas. También consagramos las actividades cuando, en el Ofertorio de la Misa, presentamos al Señor el “fruto de nuestro trabajo” para que Él lo santifique.

“Te rogamos permanezcas con tu gracia y caridad en cada uno de nosotros para que tu presencia nos estimule a irradiar el mensaje de salvación y para que el Espíritu Santo nos impulse a cumplir fielmente nuestras resoluciones. Amén”

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